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Imagen tomada de http://www.mundofotos.net/usuario/mio_amore
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Llegué a mi apartamento y, al recostarme en el pequeño diván de la sala, el cansancio me lanzó, imperativo, a un sueño profundo. El frío me despertó; pasaban las tres de la mañana. El aire circulaba con desparpajo a través de la ventana y las cortinas danzaban acompañándolo en sincronía perfecta. Todavía amodorrado, me levanté. Mi sistema automático me llevó a la cocina y puse una jarra de café. A poco, la bebida me reconfortaba y, con las baterías cargadas, me encontré, en armónica vigilia, dentro de la profundidad de la noche. Te recordé una vez más. ¡Cuántas añoranzas!

Es irremediable, no puedo evitar, orgánicamente, recordar tu cuerpo. Tengo registrada tu textura, tus formas, tu cadencia. Cada uno de tus movimientos está anotado en mis ojos; tu temperatura se quedó guardada en mis manos y el éxtasis de nuestras íntimas comuniones, donde nos compartimos integralmente, está sumado en mis células. Es el influjo de Eros.

Bendigo y me asombro con la memoria orgánica que, más allá del pensamiento y la razón, lleva cuenta precisa de nuestros momentos más intensos y la plenitud de haberlos vivido. Son muchas las imágenes de todo tipo, olfatorias, visuales, auditivas, táctiles, que se asocian con la maravilla de haber recorrido tu piel, ese campo sinuoso que semeja al infinito, donde cada centímetro multiplica el placer y provoca seguir viajando, casi, para siempre.

Estás bañada de luna o de sol. Tus perfiles, cambiantes, me provocan, y te alcanzo junto al ventanal. Tus brazos me enredan. Me he dejado atrapar para atraparte yo también y, ahora, son mis brazos los que te enredan. Te has dejado atrapar para atraparme tú también. Nuestras evoluciones, siempre complementarias y perfectas, desembocan en una fusión extraordinaria. La experiencia siempre es diferente y –¡oh, mujer!– superlativamente sorprendente. Podría decir, en estos momentos, que soy adicto a ti, sin remedio y manifiesto que no quisiera rehabilitarme -¡nunca!- de esta dependencia. Al volvernos uno, en el paroxismo, por unos instantes, todo se detiene y, a sabiendas que el final se acerca, gozo. Luego sufro porque “siempre” es sólo una palabra y no puedo alargarla en ti, contigo, con los dos…

Es precioso el influjo de Eros, en las noches más frías, en los días de calor aplastante, en las tardes lluviosas con vestido de nostalgia, en las tristezas largas del invierno y en todo momento en que te evoco. Como si fuésemos piezas de relojería, nuestros engranajes son perfectos.

Ciudad de México
Año 2009 y corriendo

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