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Necesita escribirse un inmenso poema de amor,
tan grande que llegue a todos los hombres,
tan profundo que toque todos los corazones,
que haga girar la rueda erradicando la podredumbre
y nos haga, cara al cielo, valorar hoy y por siempre
todas las maravillas que hemos pisoteado.

Necesita escribirse un inmenso poema de amor,
para redescubrir la belleza de las flores,
el canto de los pájaros y los colores de cada día,
un poema que reconstruya las entrañas del hombre
y éste reencuentre, por última, vez su valor.

Un inmenso poema de amor…

Ya no quedan oportunidades.

Alonso M I
Año 2010, un 18 de diciembre y corriendo

Por Alonso Marroquín Ibarra

« ¡Hijos de toda su churrigueresca jefa! ¡Ya me torcieron! ¡Qué poca! ¡Malhaya la hora en que los parieron, me cae que sí! ¡Ojalá que en su ADN traigan mensajes que enfermen sus malditos cuerpos y les produzcan alteraciones aberrantes en el coco! ¡Infelices! »

No pude evitar hilvanar chingos de mentadas de madre al ver todas mis pertenencias en la calle. En la entrada de mi covacha estaban regados todos mis tiliches, sin la menor consideración. Era claro que los desgraciados que tal hicieron, aventaron todo lo que encontraron a la calle, valiéndoles madres si algo era valioso o se podía romper.

« ¡Vayan y molesten y fastidien y violen a su madre… de manera permanente… por toda la eternidad! »

-Tranquilo mi Punkijote, tranquilo. No te me alteres, deja la hormona quieta. Apacíguate, valedor.

-Cómo quieres que esté sereno, mi buen, si quién sabe quien hijo de toda su jijurria me botó mis cosas a la calle…

-Pos la dueña. ¿Qué esperabas?, si debías muchos meses de renta.

-¿Debía? No debo ni madres, Mes a mes, como si fuera inglés, pago mi renta y llevo bien la cuenta. ¡Ah, chingá, me salió verso sin esfuerzo!

-Digo, Doña Amalia dirigió el “acto” de desalojo. Vino un güey, ¿cómo les dicen?… ah, sí, un actuario y hasta dos acólitos del diablo -entiéndase cuicos, policías, pues-, para “practicarlo”.

-Ah, chirrión, pues si no soy delincuente… Háblale a la señora Ruth, pa’ que se aclare todo.

-Pos si la señora Ruth se cambió hoy. Incluso se cobró con algunas de tus chivas. Dijo que le debías una buena lana desde hace tiempo y que no había de otra, porque. « Si no me cobro hoy, pos no cobraré ya nunca ». Así dijo, mi Punki.

-¿Cómo que le debía una lana? A ella le dejaba mi renta para que me hiciera el favor de pagarle a Doña Amalia.

-Uy, mi Punki, se me hace que te llevó al baile.

-¡Arpía desgraciada! ¡Vieja infeliz!

– – –

Así se pusieron las cosas mis nunca bien ponderados mais –maestros, quiero decir-. Esa urraca desgraciada que tuve por vecina se pepenó mis oros y no siéndole eso suficiente me dio baje con una figurillas chinas que fui coleccionando al paso del tiempo. No eran obras de arte, pero sí estaban chiditas. También fue la ganona cargando con mi estéreo; un lote de camisetas ya trabajadas con imágenes muy acá, de mi onda, que eran para la venta con la banda; unos cuadros muy cucos, como de estilo rococó, que servían para poner fotos; otras artesanías, varias, que, mercándolas, me daban para el sustento.

La cosa fue que, además de lo que me apirañaron, muchos de mis escasos bienes se fastidiaron. Los libreritos de madera aglomerada chiflaron a su máuser; lo mismo pasó con mi comodita, la mesa del dizque comedor y las sillas, que ya de por sí estaban bien flojas de las patas; los siete años de mala suerte del espejo (quedó hecho pedacitos) de mi ropero (que también se descuadró todito) espero que le caigan al bodrio de señora en quien confié y también al güey que lo sacó.

¡Chale, ya estoy desvariando! Lo que pasa es que sí, estoy muy muino, encamionado, caliente, emputado, encabronado, que me lleva Pifas, la rechintola también y ando como diablo en busca de quién me la pague, aunque no sea el me la haya hecho.

El nefasto día del desalojo, tratando de encontrarle algo positivo al suceso, aproveché para deshacerme de todo lo que ya no servía. Había yo acumulado, como si fuera rata cambista, un chingo de porquerías que, la neta, no servían para nada. Doña Amalia me recetó una letanía de palabrotas de carretonero porque quería que le quitara toda “esa basura” de allí, porque le estorbaba y le afeaba la “privada”. ¡Privada! ¡Cómo no! ¡Pinche vecindad mugrienta!

-Hágale como quiera, pinche vieja argüendera, yo me pinto de colores. A’i se ve-. Dejé a la ruca gritando como loca. Vociferaba y me lanzaba amenazas como si desde sus extrañas quisieran salírsele los diablos que guardaba dentro.

“Pechuguita”, una morra muy buena, y buena onda también, me dio chance de guardar los pocos triques con los que cargué. Tenía que aplicarme en buscar otro penthouse para vivir.

« La ropa que traigo puesta, pensé, aguanta unos cinco días; luego veo si la fémina se aliviana y me lava y plancha algunos trapos. Ni modo de andar como cerdito todo el tiempo. ¡Pulcritud ante todo! Faltaba más, sobraba menos. »

Empecé a aplanar calles en busca de una nueva morada, encomendándome a San Cinete de los Lebreles, un santo que inventé en mis ratos de ocio, customizado a mi medida, que siendo amante y gran protector de los perros, a mí debía funcionarme de maravilla.

¡Ni madres! San Cinete de los Lebreles me estaba fallando… y gacho. Llevaba horas caminando; pregunté aquí y allá, acullá también, y nada. Unos depas estaban de a tiro carísimos, como si estuvieran en las Lomas de Chapultetrepo; otros, eran francamente inhabitables. Yo creo que ni los lacras más lacras se hubieran animado a vivir en semejantes cuchitriles. El día casi se volvía noche mientras yo seguía como mulita, dale y dale, en busca de mi nuevo paradero. El cansancio junto con el fastidio, el hambre y la sed, ya me tenían pendejo. Al final de una calle polvorienta, que en tiempos de aguas ha de ser un lodazal, vi un letrero: Se alquila cuarto. Eso infló mi casi ponchada esperanza y me aliviané. « Veamos, dijo un ciego »

Toqué y, después de un buen rayo, al fin salió un viejo mala cara.

-¿Vienes por lo del cuarto?

-Por eso mismo, señor-. Contesté con respeto.

El güey me barrió completo y empezó a decirme una letanía de chingaderas.

-Nuestros inquilinos, todos, son gentes respetables. Aquí no andamos con pendejadas, ni toleramos que cualquier prángana venga a alterar el orden y la paz. Eso es lo primero que tienes que saber y aceptar. Si estás de acuerdo le seguimos y si no, la calle es muy larga, no es la única, hay muchas, y puedes seguir buscando.

-Estoy de acuerdo. ¿Se puede ver la vivienda?

-Claro que se puede. Pero antes vamos a ponerles todos los puntos a las “is”. Ya estuviste de acuerdo con lo primero; lo segundo es que debes cumplir con todos los requisitos para que te rente el cuarto.

-¿Y cuáles son?

-Tres rentas de depósito, más la del mes que corre; un aval que tenga bienes raíces, libres de hipotecas, que quede bien claro; el aval tiene que vivir en el D. F. y debe firmar “solidariamente” el contrato; el contrato es de un año, obligatorio, o sea mi buen amigo que si te vas antes, tienes que pagar todos los meses que resten para que se cumpla el período; en tu caso, también necesito que me traigas una constancia de “no antecedentes penales”, expedida por la autoridad competente…

Brinqué.

-¡Chale! ¿No vas a querer también una carta de buena conducta?

No te pases de lanza. También necesito tres cartas de recomendación de gente que te conozca por lo menos desde hace diez años que haga constar tu honradez y…

-¡No mame…naces!- lo interrumpí.

De a tiro ya estaba yo irritado. Mis sentidos se alteraron. Era increíble que para rentar un pinche cuarto, que ni siquiera había visto, el ruco me estuviera pidiendo tantos requisitos… empezando por los tres meses de depósito… el año obligatorio…

-Y, ¿qué?, ¿de a cómo está la renta?

-Son tres mil pesitos mensuales

-¿Tres mil varos? ¡Ah chingá! ¿Incluye servicio de hotel, caricias de las mucamas a mi entera satisfacción, un negro para que me eche aire con un abanico de plumas de pavo real, baño con sauna o de jodida un temascal, guardias de seguridad para que me cuiden y acompañen a mis menesteres…?

-¡Hijo de toda tu madre! Nada más me estás viendo la cara de pendejo. Vas a ver, infeliz. De mí nadie se burla.

El viejo más tardó en amenazarme que en sacar unos chakos, y haciéndole al Bruce Lee, me empezó a tupir. Yo cabeceaba, evadiendo los mandarriazos, pero no pude evitar que en uno de tantos me diera en la cresta y, ¡eso sí!, puedo permitir cualquier cosa, pero que estropeen mi mohicana, ¡ni madres! Así pues, me le dejé ir, triando trompones a diestra y siniestra, más a siniestra que a diestra, porque los chakazos que tiraba estaban de a peso. Era bravo, muy bravo el pinche viejo.

Era la hora de la justicia y no podía permitir que un malandrín de esa laya, saliera vencedor de tal embate. Me quité el cinturón de volón y, como si de unas boleadoras se tratara, lo hice girar a lo cabrón. EL viejillo con todo y sus palitos, reculó y me dije: « Hora es cuando, Punki, acaba con este símbolo de inequidad y abuso. Tienes a San Cinete de los Lebreles por testigo de que venías en son de paz. Arremete y sal vencedor. Sea pues. »

El viejo estaba bien fiero, pero le apliqué unos buenos hebillazos en el coco. Cuando se me dejaba venir lo esperaba a pie firme, le hacía una finta, él se mosqueaba y ¡rájale!, le daba su madrazo. Me empecé a ufanar. Traía una puntería de apache. Me confié también y ese fue mi error.

Por estar concentrado en el viejo, ni cuenta me di que ya se había juntado la banda detrás de mí y, de sopetón, me cayeron encima. Sentí la lluvia de chingadazos y traté de cubrirme, pero fue inútil. Parecía “ponchin bac”. Sentía lo tupido por todos lados. «Tienes piernas, Punki. ¡Pélate!» me dije, y ¡a correr, caballo, porque si no, no la hubiera contado!

Tuve que recortarme la mohicana; mi chamarra quedó desgarrada; perdí mi cinturón; la “Pechuguita” ni lavó ni planchó ninguno de mis trapos; no me he bañado casi en dos semanas y tengo muy poco varo. La cosa está de la chingada. Ah, tampoco he conseguido una mansión para vivir y me quedo en los parques corriendo el riesgo de que me lleven al “botellón”. Sólo San Cinete de los lebreles no me ha abandonado, al menos eso espero, porque nada más falta que pase un perro y me mee.

Unos chavos de la banda me dieron unas artesanías para mercarlas. Espero juntar un billete para que mi situación se estabilice. La bronca sigue siendo que son demasiados los pinches requisitos que piden para rentar unos mugrosos metros cuadrados.

Seguiré cabalgando, Sancho, desfaciendo entuertos y enderezando jorobados.

Gata

¡Ah, mi media hora de descanso! La sala en silencio se traga la luz que entra por los ventanales regalándome la suavidad de la penumbra mientras un jazz lento se desliza en cada rincón penetrando todos mis poros. Absorbo cada una de las notas, me las quedo dentro, las convierto en rítmicos movimientos musculares. Siento que me convierto en música e imagino que aquel jazz se nutre de mí convirtiéndose en otro ser vivo.

A ojos cerrados viajo descartando las imágenes que van apareciendo en mi mente y en el largo recorrido escojo y regreso a las más amables, a las más codiciadas también: una rubia exuberante, una trigueña cadenciosa, tú, un carnaval semejante al de Río… no sé si es Veracruz o Nueva Orleáns…

Un ruido inusitado me hace voltear al balcón. Se ha caído la maceta de los malvones rojos. El barro, la tierra y las flores han quedado casi en una pieza; cayeron firmes, de un solo palmo. Junto está una gata negra, altiva, mirándome con una fijeza perturbadora. Maúlla, como disculpándose. ¡Diantres! No puede ser. Sin apenas permitirme reaccionar la gata entra y alcanza en un sorprendente salto el sofá cama acondicionado desde hace rato para dormir.

Vuelve a maullar y el tono ahora parece invitarme a ir con ella. Se estira, va de un lado a otro como si estuviera en una pasarela, se recuesta sensual… Veo el brillo verde intenso de sus ojos que captura mis sentidos; es un verde becqueriano -de un color imposible-, me hipnotiza, ronronea, me invita, me reta. Sí, me reta. ¿Está sonriéndome? Sí, lo hace. Me sonríe. El jazz se multiplica en mis oídos, tal vez es Piazzola con su bandoneón y violines, o no, pero hay violines que armonizan con los movimientos de la gata.

Gata, gata negra, sensualidad pura de azabache, me pierden tus movimientos de gata-mujer, me domina tu mirada enigmática de esmeraldas y me vences con tu sonrisa y el arco de tu espalda. Gata, negra gata, felina inmisericorde, dominante, señora-gata sabes que me atrapas y no cesas tus movimientos y tus ronroneos-susurros, que son sin rodeos invitaciones para acabarnos la noche y, de ser necesario, morir en ella. Gata-mujer, mujer-gata, negra gata de mortal flexibilidad, de feroz ansiedad animal.

-Ven-, me llamas.

-Voy-, ronroneo.

Me transformo en gato macho y tú en inmensa hembra y ambos en pasión de torrente transformamos el sofá en campo de batalla. A pesar de la lucha sé que ninguno saldrá vencido. Todo será victoria. Me convierto en garras, tú en suavidad; evolucionas en posturas imposibles, yo las conquisto; propones y acepto; te impongo y te sometes. Todo es una locura. Tengo que detenerme y mirarte, mirarte bien, con detenimiento. Esto no puede ser real. Me aparto y para mi gran sorpresa estás ahí convertida toda, gata negra, en curvas de mujer. Tu pelo vuela con sus ondas conforme te mueves, tu cintura se abrevia y tus caderas crecen en la proporción con que te ondulas. Vienes a mí y te espero, abiertos los brazos, con mi ansiedad enhiesta. Mis deseos se multiplican al encontrarnos y fundirnos. Nos dedicamos a la lucha y pedimos tregua con simultaneidad inusitada, sincronizando nuestros ritmos hasta alcanzar la perfección. ¿La perfección? Sí, la perfección. Todo sucede para ambos en su junto momento.

-Más-, dice alguno de los dos.

-Más-, coincide el otro.

Siento mis ojos verdes; veo los tuyos, imposibles, mientras surge de algún lado un olor a menta y a hierbas.

Mi pelo negro se eriza y maúllo de placer; me arqueo, siento tu espalda satinada y el movimiento de nuestros cuerpos crece y crece y crece. Gimes, gritas, mujer-gata y abres tu par de esmeraldas, mientras dices:

-Tienes los ojos de un color imposible, gato negro, hombre gato.

-Miauuuu…

Los combates que libramos resultan homéricos y casi nos alcanza el amanecer, cuando la pasión amaina. Te quedas dormida, musitando con suspiros palabras ininteligibles. Me hago ovillo en tu seno y luego, cerrando los ojos, ronroneo.

– – –

Despierto, salto del sofá y salgo al balcón. Veo la maceta rota, la tierra y los malvones rojos.

La mujer se enojará, pienso, mientras salto a la baranda y trepo a la azotea. Esperaré  la noche para buscarte, mujer.

Destrucción

Las maravillas que habían creado se opacaron
cuando de ellos salió el demonio de la destrucción
Constantino Pol Letier

Tomé un atardecer y se deshizo en mis manos;
capturé con la mirada las montañas
hasta que se convirtieron en corceles deformados
cabalgando hacia el infinito, imbatibles;
los mares transmutaron sus furias y rumores
en nubes plenas de formas extrañas sin sentido;
la atmósfera lloraba a través de sus huecos,
cada vez más grandes,
padeciendo una enfermedad incurable;
el agua se ensució hasta perder sus propiedades,
y, ácida, se tornó en un conjunto de lágrimas malditas;
quise entender a los hombres
que, siendo enigmas eternos,
se quedaron en su estupidez de hambre y guerras,
en su destrucción sistemática,
ganándole al planeta que, más lento,
intentaba revertir los daños.
No pude entenderlo.

Alonso Marroquín Ibarra
Culhuacán, Ciudad de México
Año 2009 y corriendo

Milagro

El contacto con tu piel fue una extensión de la fantasía; estar en ti, una complacencia extrema, y tocar tu alma, un milagro. Aquel día, ese momento, ese punto de la tierra, quedaron indelebles en mi memoria.

Punkijote de la Raza 7-bis-Ese mi Punkijote. Ya se supo, ¿eh?, que te llevaste ayer a la Marianela. Fuiste el mero ganón. No hay más.

El que me soltó ese rollo, así de sopetón, era el Roñas, bato que había estado en el reventón del viernes de la semana anterior, donde se hizo presente casi toda la banda dándole rienda suelta al verbo fácil e intrascendente y a sus tradicionales debilidades: el alcohol y otras cosillas. Aunque ustedes bien saben que yo trato de no hacerle a ninguna de esas cosas -por mi personal código de ética-, no puedo negar que sí me metí dos que tres alcoholes y entré en un nivel de euforia chido, mientras la raza se perdía, con el consumo excesivo, en sus laberintos tortuosos e infinitos, casi, casi en sus infiernos.

El alcohol y cuanta madre se metieron, hicieron sus estragos, dando paso a los típicos desfiguros y a las guacareadas que, incontenibles, aparecieron por todas partes. Las sandeces hacían su nido en todas las bocas y no faltaron los que soltaban, al escuchar cualquier pendejada, una cadena interminable de risotadas, mezcla de estupidez y desequilibrio. Las neuronas de sus cerebros estaban siendo aniquiladas sin pena ni piedad.

-Ah, imbéciles-, pensé –que aprovecháis la vida para cercenarla o para, de plano, quitárosla. Del bien más preciado que os ha sido dado, hacéis leña pura o, con más precisión: hacéis pura mierda, pura calabaza.

En aquella batahola, el machismo -negado por la mayoría cuando están en sus cinco sentidos- salió a flote y a cuanta chavala estaba allí se la querían fajar, como mínimo. No faltó el que se les iba encima, sin decir ¡agua va! Ellas, como no están mancas, les soltaban un mamporro tras otro, hasta que se libraban de los ataques. Digo, tenían derecho por lo menos a escoger con quién, ¿no? Practicando la solidaridad, todas se hicieron una y volviéndose fuertes repelieron a cuanto cábula quiso servirse con la cuchara grande aprovechando el frenesí del reventón.

Yo, un tanto apartado del desmadre, registraba cuanto pasaba y ¡oh, manifí!, llegó el momento en que me harté. Fue cuando la Marianela puso sus ojos en mí.

-¿Y tú, qué, mi Punkijote, eres de palo?

-Para nada, pero no me gusta ser como el montón. Aquí estoy bien.

Para acortar el rollo, resultó que mi respuesta hizo que la curiosidad se metiera en el coco de la Marianela, y al poco no sólo estábamos clavados conversando muy sabroso sino que se me acurrucó, y, pues… -al que le den pan, que llore- el asunto evolucionó y de común acuerdo decidimos irnos solitos a otra parte, abandonar la pachanga, que ya había degenerado demasiado. Esa voz me agradó. Ni qué decir.

El resto de la noche con la Marianela estuvo de pelos. De parte de ambos, cero quejas y muchos puntos. Para mí estuvo de 10. Ella dijo lo mismo. La bronca vendría después y, aunque nadie nos puede quitar lo bailado, el precio del encuentro, eso creo, estuvo un poco alto.

Como a los dos días empecé a sentir un picorcito allá abajo, saben a lo que me refiero. Al principio no le di importancia, pero la frecuencia del prurito fue aumentando y, rascándome, me produje cierta irritación. El asunto fue que aquello se empezó a volver insoportable, en lo físico y en lo anímico, pues al conversar con la gente se presentaba la molestia y por más que de intentaba no rascarme, llegaba el momento en que era inevitable. No había manera de disimularlo. Me daba la vuelta para, según yo, aligerar la incomodidad de manera discreta, me alejaba momentáneamente para quedar fuera de la vista de los demás, buscaba las esquinitas, me arrinconaba dando la espalda en los quicios de las puertas, me pegaba contra los árboles y la maldita picazón no se calmaba, se incrementaba. A pesar del intenso calor, empecé a usar la chamarra larga, la de invierno, con ella era más fácil disimular la rasquiña que se había convertido en permanente y que, sea la verdad dicha, Sancho, ya me tenía loco. Dejé de salir y en la intimidad de mi cuarto me echaba agua para mitigar la joda de la comezón. También me apliqué aceite de cocina, una pomadita para raspones que por ahí tenía y otra contra el pie de atleta. Resultado: ninguno. La chingazón aquella ya no me dejaba ni dormir.

Vendí unas artesanías a las que les tenía mucho cariño, todas tenían su historia, para ir con el galeno. El cuate cuando me recibió sonrió socarronamente, me pasa seguido; cuando me auscultó, volvió a sonreír con una malicia muy maliciosa, el hijo de su madre.

-Hay que ser selectivo, joven; hay fijarse con quién se tiene relaciones, a eso me refiero… Esto de las Pthirius pubis es muy molesto.

-¿Pitirius?

-En leguaje del vulgo se llaman ladillas… piojos púbicos también…

-Ah, no chingue. ¿Tengo ladillas?

-Y en buena cantidad. Ha dejado pasar los días y está infestado. Esto es lo que tiene que hacer…

Me rasuré mis partes íntimas, mis partes pudendas… ¡Chale! Imagínense el oso. Me desinfecté con alcohol, me apliqué una loción según las indicaciones del matasanos y el alivio empezó a llegar, aunque no de volón, pero sentí que salía de un infierno. Eso sí.

Ya con el tratamiento en curso, me animé a salir y al encontrarme a uno de la banda, se me ocurrió abrir el hocico y platicarle mi desgracia, por esa necesidad de todos de ser escuchados. En mala hora lo hice. Más me tardé en platicarle lo que me pasó que él en difundir la noticia como si tuviera pacto con Televisa o Televisión Azteca. Tal cual. Mi confidencia se regó como si fuera nota roja ultra sensacional -¡Pa’ su madre!- y empezó a raza, a mis espaldas, con sus cosas:

-Miren quién está aquí: Punkijote, amo y señor de las ladillas.

-Aguas con el Punki, chavas, no las vaya a contagiar. Es portador insano de ladillas.

-Dicen que en sus loqueras, platica con sus piojos púbicos por las noches…

Finalmente, la abstinencia sexual obligada se prolongó más allá, mucho más, de lo que debería haber sido por la maldita campaña que todos emprendieron contra mí. Como si el asunto no tuviera cura, como si fuera yo un apestado o un sidoso. Para colmo de males cuando el hermano de la Marianela se enteró, me achacó a mi el que su carnala estuviera contagiada de los molestos bichos.

-Eres un malnacido, Punkijote, pasaste a desgraciar a mi hermana. ¡Maldita guacamaya tricolor! ¡Pinche Telésforo!

-No me llamo Telésforo, cabrón, me llamo Punkijote-. Siempre he renegado del nombre con que me registraron  y lo desconozco, pero me calienta al tope que me lo digan. Pierdo los estribos. El carnal de la Marianela lo sabía y más me lo restregó.

-¡Telésforo, pinche Telésforo!

¡Puños para qué os quiero! Empezaron los mamporros, y grueso, no jaladas. Quijadita, coquito, mollerita, estómago, huevos, espinillas, rodillas, higadito… Los madrazos nos los dimos los dos, no fueron sólo para él. La madrina se fue pareja y ambos nos dañamos. Después de un ratón, satisfechos los instintos, nos calmamos y dimos por saldadas las afrentas.

¡Ah, humanidad, señor Dios! Además del contagio de la Marianela que me convirtió en un costal de ladillas, ahora tengo que usar la pomada para los raspones y un poco de ungüento para que no me duelan tanto los mandarriazos que recibí. ¡Por tantos caminos andamos, Sancho!

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Información complementaria

La pediculosis es una infestación del vello púbico y perineal. El agente que lo causa es el Pthirius pubis, que en lenguaje coloquial, conocemos como ladillas o piojos pubianos. Este insecto pertenece a la familia de los ectoparásitos, y se alimentan de sangre. Tiene uno o dos milímetros de longitud, y presenta seis pares de patas que acaban en forma como de tenaza, y es lo que le permite aferrarse a la raíz del vello. En esta misma raíz capilar es donde la hembra pone los huevos, formándose la ninfa al cabo de una semana, y el insecto maduro a los 14 días. La vida media es de tres a cuatro semanas.

La adquisición y transmisión, es siempre por contagio sexual, y aunque se admite la ocasional transmisión por el contacto con ropas u otros objetos, esta vía es dudosa, y de hecho no se contempla como tal en la clínica diaria.

Afecta sobre todo a personas jóvenes, y dentro de éstas a mujeres. El contagio es tan fácil, que el parásito es contraído en el 95% de los casos de contacto.

El síntoma principal y casi único es el picor, que no sólo se produce por la acción mecánica del insecto, sino también por una reacción alérgica a él.

Mácula cerúlea: Como indica su nombre, se observa una mancha del color de la cera en la piel, en el punto de punción del parásito.

A veces el parásito puede colonizar el periné, y más raramente axilas o cabeza.

Es muy frecuente la asociación de las ladillas, con otras enfermedades de transmisión sexual. En este caso suele asociarse con la gonorrea.

Angustia

te-de-manzanillaAquel entumecimiento lo desbalanceó; estuvo a punto de caer. Aplicó su voluntad, se serenó y recuperó el paso. Faltaban muchas cuadras para que llegara al lugar de la cita. La distancia, con los pies adormecidos, pareció multiplicarse.

«Debí escoger un lugar más cercano», se dijo, deteniéndose un momento, como si eso lo restableciera. Se frotó las pantorrillas con intensidad creciente y continuó después de unos instantes; ya iba con retraso y eso le parecía intolerable. Era su obsesión de por vida por la puntualidad.

Como quien fuera a preguntar por una dirección, lo detuvo una mujer, centrando una mirada bondadosa en sus ojos.

«Sus males desaparecerán, no se angustie, pero debe tomarse sin falta esta yerba». La mujer le entregó un envoltorio pequeño que recibió en automático. Su mente atrapada por la angustia que le producía ir tarde y la dificultad que tenía en el andar no le permitieron reaccionar con rapidez y la mujer se desapareció entre el gentío.

Checó la hora en su teléfono celular y los quince minutos de retraso que llevaba lo impulsaron para acelerar el paso. Al menos lo intentó, porque su avance, cada vez más lento e incómodo, no le otorgó ventaja alguna.

«Los achaques tenían que llegarme algún día. La herencia y los años simplemente están haciendo su trabajo. ¡Carajo!».

El resto del trayecto fue una tortura. Uno era el malestar, pero su mente lo agrandaba haciéndolo insoportable. ¡Y el retraso! Sumaron treinta y cinco los minutos pasados de la hora acordada. Sus ojos recorrieron vertiginosos todas las mesas del sitio y no vio a ninguno de los convocados. Ordenó un café y esperó. Con la mirada inquieta, consumió más de una hora hasta que, convencido de que nadie llegaría, pidió la cuenta.

«Tal vez sí vinieron y se fueron… llegué muy tarde. ¡Pinches piernas!»

El presentimiento que había tenido se cumplía puntual: no se haría el negocio. Tal vez él mismo se había programado para que así sucediera, era muy probable. La sensación de adormecimiento se intensificaba día con día y a momentos se sentía verdaderamente impedido. «Quizás -lo creía-, ya no es tiempo de emprender nuevas aventuras financieras… ni de ningún tipo»

Llegó a su casa todavía bañado del temor a caerse o no poder dar un paso más y con el sentimiento de culpa bien puesto por haber llegado tarde. Sacó los contenidos de los bolsillos de la chamarra y encontró el pequeño paquete de yerbas que le había dado la mujer; las olió: «Manzanilla».

Hizo el té, consumió dos tazas y se fue a la cama. El hombre jamás despertó. Sus males, como bien le dijo la misteriosa fémina, desaparecieron con él; su angustia también.

Alonso Marroquín Ibarra
22 de Agosto del  2009 y corriendo